Otro día que ya se fue: tercera oración de Jane Austen

¡Padre del cielo! cuya bondad nos ha traído a salvo al final de este día, disponga nuestro corazón en ferviente oración. Otro día ha pasado, y se ha sumado a aquellos por los que antes éramos responsables. Enséñanos, padre todopoderoso, a considerar esta verdad solemne, como debemos hacerlo, para que sintamos la importancia de cada día y de cada hora a medida que pasa, y esforzarnos fervientemente por hacer un mejor uso de lo que tu bondad aún pueda conferirnos , de lo que hemos hecho en el pasado. Danos la gracia de esforzarnos en pos de un espíritu verdaderamente cristiano para tratar de alcanzar ese temperamento de tolerancia y paciencia del cual nuestro bendito salvador nos ha dado el ejemplo más alto; y que, mientras nos prepara para la felicidad espiritual de la vida venidera, nos asegurará el mejor disfrute de lo que este mundo puede darnos. ¡Inclínate, oh Dios! pensar con humildad en nosotros mismos, ser severos sólo en el examen de nuestra propia conducta, considerar a nuestros semejantes con bondad y juzgar todo lo que dicen y hacen con la caridad que desearíamos de ellos. Te agradecemos de todo corazón por cada graciosa dispensación, por todas las bendiciones que han asistido a nuestras vidas, por cada hora de seguridad, salud y paz, de comodidad doméstica y disfrute inocente. Sentimos que hemos sido bendecidos mucho más allá de lo que merecíamos; y aunque no podemos dejar de orar por la continuación de todas estas misericordias, reconocemos nuestra indignidad de ellas y te imploramos que perdones la presunción de nuestros deseos. ¡Mantennos oh! Padre celestial del mal esta noche. Llévanos con seguridad al comienzo de otro día y haz que resucitemos con cada sentimiento serio y religioso que ahora nos dirige. Que tu misericordia se extienda sobre toda la humanidad, llevando a los ignorantes al conocimiento de tu verdad, despertando a los impenitentes, tocando a los endurecidos. Mire con compasión a los afligidos de cualquier condición, alivie los dolores de la enfermedad, consuele a los quebrantados de espíritu. Más particularmente oramos por la seguridad y el bienestar de nuestra propia familia y amigos dondequiera que se hayan dispersado, suplicándote que apartes de ellos todo mal material y duradero de cuerpo o mente; y que, con la ayuda de tu santo espíritu, nos conduzcamos en la tierra de tal manera que podamos asegurarnos una eternidad de felicidad en tu reino celestial. Concede este Padre misericordioso, por nuestro bendito salvador en cuyo santo nombre y palabras nos dirigimos a ti. Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre. Venga tu reino. Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día. Y perdónanos nuestras deudas, como nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal: porque tuyo es el reino, y el poder y la gloria por los siglos. Amén.

Por Jane Austen

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